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viernes, 23 de marzo de 2012

Semana del 26 al 30 de Marzo: Federico García Lorca



BIOGRAFÍA

Federico García Lorca, uno de los poetas más insignes de nuestra época, nació en Fuente Vaqueros, un pueblo andaluz de la vega granadina, el 5 de junio de 1898—el año en que España perdió sus colonias. Su madre, Vicenta Lorca Romero, había sido durante un tiempo maestra de escuela, y su padre, Federico García Rodríguez, poseía terrenos en la vega, donde se cultivaba remolacha y tabaco. En 1909, cuando Federico tenía once años, toda la familia—sus padres, su hermano Francisco, él mismo, sus hermanas Conchita e Isabel—se estableció en la ciudad de Granada, aunque seguiría pasando los veranos en el campo, en Asquerosa (hoy, Valderrubio), donde Federico escribió gran parte de su obra.

Más tarde, aun después de haber viajado mucho y haber vivido durante largos períodos en Madrid, Federico recordaría cómo afectaba a su obra el ambiente rural de la vega: “Amo a la tierra. Me siento ligado a ella en todas mis emociones. Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos. Yo las capto ahora con el mismo espíritu de mis años infantiles. De lo contrario, no hubiera podido escribir Bodas de sangre.”

En sus poemas y en sus dramas se revela como agudo observador del habla, de la música y de las costumbres de la sociedad rural española. Una de las peculiaridades de su obra es cómo ese ambiente, descrito con exactitud, llega a convertirse en un espacio imaginario donde se da expresión a todas las inquietudes más profundas del corazón humano: el deseo, el amor y la muerte, el misterio de la identidad y el milagro de la creación artística.  




SU OBRA


El escritor y su tiempo


Para abordar en síntesis la obra del más estudiado de

los escritores españoles de todos los tiempos, con la sola

excepción de Cervantes (a pesar de los muchos matices que se

quedarán fuera) puede ser útil ver la genialidad de García

Lorca recortándose sobre el fondo de un paisaje

extraordinario. El individuo fue excepcional -no hay más que

acudir a los testimonios de Guillén, Alberti, Aleixandre,

Neruda-, pero el panorama cultural colectivo en el que se

movió fue uno de los más ricos de toda la historia literaria

española, hasta el punto de considerarlo "Edad de plata"

(Mainer) o "Edad de Oro liberal" (Marichal).


Se trata de un período que las fechas de nacimiento y

muerte del poeta (1898-1936) cubren con exactitud.

En 1898 España pierde los últimos restos de su imperio

colonial, Cuba, Puerto Rico y las islas Filipinas, a manos

de los Estados Unidos. Este hecho desencadena una profunda

toma de conciencia colectiva. En la clásica caracterización

de Azorín (1913): "Un espíritu de protesta, de rebeldía,

animaba a la juventud del 98. Ramiro de Maeztu escribía

impetuosos y ardientes artículos en los que se derruían los

valores tradicionales y se anhelaba una España nueva,

poderosa. Pío Baroja, con su análisis frío reflejaba el

paisaje e introducía en la novela un hondo espíritu de

disociación; el viejo estilo rotundo, ampuloso, sonoro, se

rompía en sus manos y se transformaba en una notación

algebraica, seca, escrupulosa. Valle-Inclán, con su altivez

de gran señor, con sus desmesuradas melenas, con su

refinamiento del estilo, atraía profundamente a los

escritores novicios y los deslumbraba con la visión de un

paisaje y de unas figuras sugeridas por el Renacimiento

italiano [...] La generación del 98 ama los viejos pueblos y

el paisaje; intenta resucitar los poetas primitivos (Berceo,

Juan Ruiz, Santillana); da aire al fervor por el Greco ya

iniciado en Cataluña [...] rehabilita a Góngora [...] se

declara romántica [...] siente entusiasmo por Larra[...]; se

esfuerza en fin en

acercarse a la realidad y en desarticular


el idioma

, en agudizarlo, en aportar a él viejas palabras,


plásticas palabras, con objeto de aprisionar menuda y

fuertemente esa realidad".

A su vez, ese repertorio de novedades sólo es

comprensible en el marco de la crisis general europea de fin

de siglo -reacción neorromántica contra el universo gris del

positivismo burgués- que en el ámbito hispánico se llama

modernismo: "modernismo y 98 se interpenetran hasta el punto

de que la generación del 98 puede ser vista como una

manifestación parcial, metafísica y política, en la crisis

finisecular del país, de la tendencia general del

modernismo. Conjuntamente se da en ella la revolución

idiomática y la ideológica" (Cerezo Galán 1993: 148).

Por lo referente a la poesía, la amalgama de corrientes

(parnasianismo, simbolismo) que sintetiza y difunde Rubén

Darío vale como epítome de la renovación. No en vano, y al

alimón, García Lorca y Neruda recordaban en 1933 su función

magisterial, estableciendo de paso el resto de la genealogía

de sus maestros: "Como poeta español, enseñó en España a los

viejos maestros y a los niños, con un sentido de

universalidad y generosidad que hace falta en los poetas

actuales. Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a

los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre en el

surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los

Argensolas o don Juan de Arguijo no había tenido el español

fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y formas

como en Rubén Darío." (OC III 1997: 229).

En la formación de García Lorca no puede prescindirse

de esta "generación trágica" (Cerezo), como puede

comprobarse leyendo los escritos juveniles en prosa, poesía

y teatro, (1917 -1919) inéditos en vida del autor (Maurer

(ed.) 1994, De Paepe (ed.) 1994, Soria Olmedo (ed.) 1994).

Eutimio Martín (1986) puso de relieve el valor simbólico de

la frase con que el joven de 19 años cerraba un fragmento de

prosa titulado "Mística en que se trata de Dios": "Noche de

15 de Octubre. 1917.

Federico. 1 año que salí hacia el bien


de la literatura".

Impresiona comprobar que este concepto de la literatura

como tarea vital repercute en uno de los temas que

singularizan genialmente a García Lorca, el del "caballero

solo" (

Canción de jinete) cuya "misteriosa marcha" "resuena


desde muy remotos umbrales del tiempo" y se inscribe en la

órbita de lo mítico (José Ángel Valente 1971: 123).

Pero en el camino -en el método- del aprendiz, la

idea de la "quête", de la búsqueda heroica, se la brinda de

modo tan previsible como decisivo la

Vida de don Quijote y


Sancho

de Unamuno (1905), leída quizá en la edición de 1914


que incorpora como prólogo "El sepulcro de don Quijote",

donde Unamuno convoca a "la santa cruzada de ir a rescatar

el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los

hidalgos de la Razón". El "quijotismo", como "nueva

religión" implica "afrontar el ridículo " y lanzarse a la

acción consumido por "una fiebre incesante, una sed de

océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos, y

la morriña de la eternidad". En segunda persona,

dirigiéndose a un "buen amigo", exhorta: "Ponte en marcha,

solo".

En sus textos primerizos, García Lorca glosa con

tenacidad el voluntarismo y el sentimiento trágico

unamunianos, y en el fondo no dejará nunca de apoyarse en el

espacio ideológico de la rebeldía, el espiritualismo y la

heterodoxia modernista, de Ganivet y Unamuno a Nietzsche, de

Tolstoi a San Francisco de Asís.

Volviendo al plano general, recordaremos que a la

inhibición de la "generación trágica" para la acción va a

suceder el vitalismo razonable de la "generación clásica" de

1914, con sus programas concretos de educación,

reconstrucción y modernización cultural. La gran figura que

anima estos proyectos de europeización de la atrasada España

("España es el problema y Europa la solución") va a ser José

Ortega y Gasset, fundador del semanario

España (1915), el


periódico

El Sol (1917) y la Revista de Occidente (1923). En


este contexto surgen instituciones derivadas del reformismo

pedagógico desarrollado desde los años 70 del siglo XIX por

la Institución Libre de Enseñanza, sobre todo la Junta para

la Ampliación de Estudios (1907) que concede becas para

estudiar en el extranjero, el Centro de Estudios Históricos

(1910), donde se renueva la filología con Menéndez Pidal al

frente, y la Residencia de Estudiantes (1910), indispensable

para la trayectoria de García Lorca entre 1919 y 1928, pues

allí encontrará un clima de máxima tensión intelectual y

artística, tan abierto a lo serio (por la Residencia pasan

desde Einstein a Valéry) como a la rebeldía vanguardista (en

apasionado debate, entre cubismo y surrealismo, con el

pintor Salvador Dalí y el cineasta Luis Buñuel).

En efecto, los primeros beneficiarios del programa

educativo de la generación de 1914, centrado en la formación

de "minorías selectas", van a ser los jóvenes de la tercera

generación, entre otros el grupo de poetas amigos que

conocemos como grupo de 1927 (ellos se autodenominaron "la

joven literatura") porque ese año, con motivo del

tricentenario de su muerte, decidieron reivindicar la obra

del gran poeta barroco Luis de Góngora, despreciado por la

crítica oficial (Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo

Diego, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Federico García

Lorca, Rafael Alberti y Luis Cernuda, Emilio Prados y Manuel

Altolaguirre), un grupo incluido en el ámbito más vasto de

una generación, o mejor, de un sistema literario complejo,

múltiple y variado (Claudio Guillén 1997).

Entre 1914 y 1936 la apertura y el contacto de España

con el exterior sigue un ritmo progresivamente acelerado.

España, que no participó en la Primera Guerra Mundial,

conoció de cerca la rápida sucesión de las literaturas

europeas de vanguardia, con toda su carga de cambios

revolucionarios en el modo de concebir el arte. El futurismo

italiano, el cubismo francés, el expresionismo y el dadaísmo

alemán y por último el surrealismo, también francés, así

como las respuestas autóctonas (la obra de Ramón Gómez de la

Serna, el creacionismo y el ultraísmo) fueron incitaciones

decisivas para García Lorca y sus compañeros, no sólo en

Madrid, sino también en Granada.

En Granada, porque las minorías intelectuales de la

ciudad de provincias reproducen a escala menor los fenómenos

del centro, y con la biografía de Lorca se entreteje una

sucesión de actividades colectivas en su ciudad, que

arrancan con revistas como

Andalucía 1915 y Granada 1915,


que siguen el patrón de la citada

España 1915, cuyos


promotores son aproximadamente los mismos que forman la

tertulia del "Rinconcillo", sostienen a Manuel de Falla en

la reivindicación del "canto primitivo andaluz" y organizan

el Concurso de Cante Jondo (1922), fundan el nuevo Ateneo

(1926) -inaugurado con una conferencia de García Lorca- y en

colaboración con promociones más jóvenes contribuyen a la

creación de la revista

Gallo (1928), con la que Lorca se


suma al concierto de las publicaciones de vanguardia de

aquellos años.

Por desgracia, este proyecto de "universalización de

España" (Juan Marichal, en Soria Olmedo (ed.) 1986) que

alcanzó expresión política democrática con la proclamación

de la II República (1931-1936), aunque efectivo, fue frágil.

En 1936 las fuerzas de la reacción provocaron una cruenta

guerra civil que costó la muerte y el exilio a muchos miles

de españoles. Obvio es repetir que la víctima más célebre

fue García Lorca, y que esa muerte es el emblema más hondo y

más duro de la tragedia civil, más allá de las

manipulaciones que intentó la Dictadura de Franco.

Poética

Restringiéndonos al plano de las estéticas y las

poéticas puede decirse que los artistas del 27 (y en

particular García Lorca) se mueven en un campo de tensión

dialéctica entre dos fuerzas principales, vanguardia y

tradición. La primera es la de la vanguardia (más allá de la

militancia concreta, que no fue ejercida por ningún miembro

de la "joven literatura", salvo el creacionista Gerardo

Diego). La vanguardia ha de situarse en primer lugar porque

es el hecho nuevo con el que se encuentran estos escritores

en el panorama de su tiempo. A su vez, vanguardia implica

presente y futuro, atención a lo nuevo, invención como

actitud enfrentada a la idea del arte como mímesis o copia

de la realidad.

En el plano de la escritura, el procedimiento

privilegiado para reflejar esa voluntad de crear en vez de

copiar, el vehículo de la autonomía del objeto estético, es

la metáfora, la imagen. Ortega la definió como "célula

bella", o unidad mínima de belleza, y para Gerardo Diego, la

operación estética básica consiste en extraer la imagen "de

la sucia mezcla retórica".

El propio García Lorca advertirá que Góngora "inventa

por primera vez en el castellano un nuevo método para cazar

y plasmar las metáforas y piensa sin decirlo que la

eternidad de un poema depende de la calidad y trabazón de

sus imágenes" (OC 1997 III: 57-58).

Así define, por ejemplo, la chumbera como "Laoconte

salvaje" y como "múltiple pelotari", aludiendo de modo

sorprendente y rápido a la disposición de los tallos.

Pero esta incitación al

extrañamiento, a ver las cosas


como si fuera la primera vez, que está en el núcleo de las

poéticas de la vanguardia europea (con distintos matices,

pensemos en los formalistas rusos o en la técnica teatral de

Bertolt Brecht) se canaliza hacia el examen de las cosas

mismas de España, tal como les han enseñado los mayores del

98 y del 14 (Ortega, en

El espectador matiza la actitud


creacionista: "Las cosas no se crean, se inventan en la

buena acepción vieja de la palabra: se hallan. Y las cosas

nuevas [...] se encuentran no más allá, sino más acá de lo

ya conocido y consagrado, más cerca de vuestra intimidad y

domesticidad...".

Un resultado de ese impulso hacia lo nuevo y hacia lo

concreto consiste en una forma nueva de atención hacia el

pasado. Se mira a la tradición, en sus dos vertientes,

popular y culta, con ojos de vanguardista. El arte nuevo,

además de por sí mismo, sirve de filtro para seleccionar el

diálogo con el pasado y verlo en función del presente.

En esa perspectiva se encuadra el interés de García

Lorca por las formas del arte popular y por el romancero,

despertado por la obra de Menéndez Pidal (Lorca le ayudó a

recoger romances en Granada, en 1920). Y en otro plano quizá

más importante, las lecciones de estilización del material

proporcionadas por Juan Ramón Jiménez ("No hay arte popular,

sino imitación, tradición popular del arte [...] la

sencillez sintética es un producto último...de cultura

refinada.[...] lo sencillo es "lo conseguido con los menos

elementos", el arte, "lo espontáneo sometido a lo

consciente") y por Falla, quien daba una "importancia

capital" a la "evocación" de "la verdad sin la

autenticidad", tal como la encontraba en

La soirée dans


Grenade

de Debussy (que no estuvo nunca en la ciudad) frente


a los "fabricantes de música española". En esa derecha

línea, el musicólogo Adolfo Salazar, muy amigo de Lorca,

ponderaba la importancia de "tomar al canto del pueblo

formas elementales de expresión que renueven y aumenten el

capital cosmopolita. Universalidad por singularización: he

ahí la tesis". (Maurer en Soria Olmedo 1997: 42-61).

Todavía hay que tener en cuenta que desde la segunda

mitad de los veinte el "estímulo surrealista" pone en crisis

todas estas estrategias de tratamiento irónico, distanciado

y reflexivo del material estético, y que García Lorca

responde también a ese estímulo, de modo que su trayectoria

es ejemplar en el trato con todas las posibilidades del arte

de su tiempo. Por un lado adquirió un "conocimiento

extraordinario...de la múltiple y variada España, de sus

monumentos y paisajes, de las gentes que los pueblan, de sus

modos de vida, sus hablas y sus comidas, sus danzas y sus

cantos" (Francisco García Lorca 1981: 185). Por otro, una y

otra vez, con una intención específica en cada experimento,

"actúa con plena originalidad dentro de unas formas

tradicionales que se reinventa para su uso. Ese es su

secreto: asunción de la savia del árbol, no de su ramaje"

(Mario Hernández).

Además García Lorca fue un artista extraordinariamente

versátil. En 1927, Gerardo Diego lo caracterizaba así: "El

juglar de boca es ya, y a un tiempo, poeta lírico moderno,

autor de teatro -me resistiré honorablemente a disfrazarle

de "dramaturgo" o "comediógrafo"- y dibujante

gitano-catalán" (ese año expuso sus dibujos en las Galerías

Dalmáu de Barcelona). No hay más que añadir el ejercicio de

la música y la redacción del guión cinematográfico

Viaje a


la luna

para redondear un cuadro que no deja la menor


impresión de "aficionadismo". Al contrario, acentúa la

imagen de un artista

completo, por ser consciente de que


todas estas actividades obedecen a un impulso común a los

diferentes medios expresivos, el "ansia que tiene todo

verdadero artista...[de que]...se establezca la

comunicación de amor con otros en esa maravillosa cadena de

solidaridad espiritual a que tiende toda obra de arte y que

es fin único de palabra, pincel, piedra y pluma".

El terreno donde confluye toda esta multitud de

disciplinas es el teatral. Valgan, por otras muchas

páginas, las referentes a

La Barraca, cuya actividad le


supuso, además de la inmersión en todos los aspectos del

hecho teatral, la forma más seria de compromiso público con

"la juventud de la España nueva" de la II República.








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